Oriana llegó a la oficina con el corazón latiendo con fuerza. Aún sentía el calor del sueño en su piel, la sensación de los labios de Gabriel sobre los suyos, tanto en su vida actual como en aquella que apenas comenzaba a recordar. Pero en cuanto puso un pie dentro del edificio, la frialdad del ambiente la golpeó como un muro de hielo.
Las miradas de sus compañeros no eran amables. Había susurros a su paso, conversaciones que se detenían abruptamente cuando ella pasaba junto a los escritorios.