Patricio me miró con una expresión terca, pero finalmente, su semblante se suavizó en una sonrisa. Con afecto, afirmó.
—La decisión es toda tuya, respeto lo que elijas.
—Pero hay una condición: si me equivoco, incluso si tomo el camino erróneo, necesitas intervenir y explicármelo claramente. No soy intransigente; no espero que me apapaches sin ver las consecuencias. ¿Qué pasa si mi elección es la incorrecta?
Con un atisbo de orgullo, él replicó.
—Así que admites que te consiento.
Le devolví una