Levanté la mirada hacia Hernán parado en la puerta de mi despacho y me sorprendí un poco. ¿No había ido a la Ciudad Orillana? ¿Por qué a esta hora no estaba disfrutando de su dulce tiempo allí?
Permanecí en silencio y me limité a mirarlo. Su sonrisa era suave y amable mientras me preguntaba: —Cariño, ¿qué te gustaría comer hoy?
—Aún no lo he decidido —respondí con voz plana, sin mostrar entusiasmo alguno.
Se acercó y explicó: —Anoche me quedé chateando hasta muy tarde por trabajo. Como tenía que