Observaba atentamente a Máximo y Clara a poca distancia.
Vi cómo Clara levantaba lentamente su mano, la colocaba suavemente sobre el dorso de la de Máximo y luego la acariciaba, diciéndole algo.
De repente, Máximo comenzó a llorar desamparado.
—¿Acaso no se puede salvar a mi hija?... Solo tengo a esta preciosa niña, pero...— su expresión era desolada, como la de un niño, mientras hablaba y golpeaba el suelo con su bastón.
Mi corazón se encogía de dolor. Incluso las personas más fuertes no podían