Luciana se despidió de nosotros en la entrada del hospital. Con una sonrisa algo triste, me dijo: —María, no volveré contigo. Debo regresar a casa, ya han pasado casi 48 horas.
Esa sonrisa melancólica reflejaba su realidad: aunque tenía un hogar al cual regresar, ¿realmente aún podía considerarlo suyo? Nadie podía definirlo.
Subí al coche con Patricio, quien me miró de reojo con una sonrisa insinuante y me preguntó: —¿Quieres ir a la Sierra Madre del Sur o a la Residencia Esplendorosa?
—¡Por sup