Apenas nos acercábamos a Rafael cuando, sorprendentemente, divisé en la multitud a la misteriosa figura de aquella noche, Paul, entablando una conversación con un anciano.
Mi mente trabajaba a toda velocidad, y luego le dije a Teo: —Ese hombre de mediana edad allí es Paul. Debo saludarlo primero.
Con una sonrisa en el rostro, me dirigí hacia Paul. Él me vio primero y exclamó: —¡Eres María!
—Señor, también ha venido usted— le dije a propósito, usando un tono respetuoso.
No extendí la mano como ot