POV: Aurora
El instinto de anidación no es tierno. Es voraz.
No se trata de doblar ropita de bebé ni de pintar paredes de colores pastel. Se trata de acumular. Acumular calor. Acumular comida. Acumular seguridad.
Y en mi caso, se trataba de acumular Alfas.
Llevábamos tres días en la cabaña del contrabandista. Tres días de aislamiento total en el límite del mundo civilizado. No había internet. No había agua corriente caliente. No había noticias del Consejo ni de la guerra que habíamos dejado atrás.
Solo estábamos nosotros tres. Y la bomba de hormonas que crecía en mi vientre.
Estaba sentada en el umbral de la puerta, envuelta en una manta de lana gris que picaba, observando el espectáculo.
A diez metros de distancia, Lucian Silvercrest estaba cortando leña.
El Rey de Hielo. El aristócrata que usaba trajes de tres mil dólares y bebía vino en copas de cristal.
Estaba sin camisa.
Sus pantalones de vestir (ahora arruinados y manchados de barro) colgaban bajos en sus caderas. Su torso pálid