ELEANORA
Desperté con dolor.
No del tipo que puede ignorarse o soportarse — no, este estaba vivo. Ardía bajo mi piel, extendiéndose como fuego líquido.
La marca en mi brazo brillaba carmesí, las venas a su alrededor palpitando, retorciéndose como serpientes bajo la carne. Mi corazón golpeaba contra mis costillas, cada pulso enviando olas de agonía a través de mí.
Algo estaba mal. Terriblemente mal.
Rebeca se había ido — enterrada y olvidada. Claudia había prometido que todo terminaría un