DAFNE
Cuando abrí los ojos, lo primero que noté fue el silencio. No el tipo de silencio que consuela — sino el que espera, observando cómo respiro. Me quedé allí escuchando: sin gallos, sin aullidos lejanos, sin el ruido del edificio de la manada. Solo un silencio tan absoluto que me oprimía el pecho.
Flexioné los dedos. El suelo bajo mí era ceniza y vidrio frío, como luz de estrellas congeladas. Arriba, el cielo palpitaba con un rojo lento y amoratado. Este lugar olía a hierro, a lluvia vie