Orión
La habitación aún estaba en penumbra cuando entró la mañana, la luz perlada rozando levemente los bordes de la cama. Elara seguía durmiendo, ligeramente acurrucada hacia mí, con los dedos de los pies relajados contra las sábanas.
Permanecí quieta, respirando con lentitud, como si cualquier movimiento pudiera romper la frágil calma que le habíamos robado a la noche. Para cuando logré levantarme de la cama y escabullirme de la habitación sin despertar a Elara, Pierce me estaba esperando al