Elara
Me duele la cabeza.
Me duele muchísimo.
Me costó abrir los ojos, pero me estremecí cuando los rayos del sol que entraban por la ventana abierta me atravesaron los ojos.
Entrecerrando los ojos, intenté incorporarme o moverme, pero también me costó porque sentía que pesaba una tonelada.
Con un gemido, logré voltearme de lado, abrazando la almohada como un animal de apoyo emocional.
Sentía la cabeza nublada, como si alguien me hubiera metido una bola de algodón mientras estaba inconsciente.
No intenté recordar lo que había pasado antes, ya que la sensación de vacío en el estómago me lo impedía.
No necesitaba que me dijeran que, fuera lo que fuese lo que me había llevado a esta cama, sentirme tan mal no era bueno.
Al hundirme aún más en las suaves sábanas, me di cuenta de que no quería irme de allí y, justo cuando me preparaba para otra siesta, sonaron dos golpes rápidos en la puerta. Sobresaltada, me incorporé de golpe, con el corazón acelerado.
¡Qué...!
Antes de que pudiera abrir