Elara
Despertar a la mañana siguiente en el pecho de Orión fue una sensación mágica.
Por supuesto, mi mente empezó a funcionar en piloto automático, con el arrepentimiento y otras emociones afluyendo a mi mente.
Lo reprimí, pues no quería obsesionarme con la negatividad tan temprano.
Era bastante tranquilo ver cómo la luz del sol entraba a raudales en la tienda desde un pequeño espacio abierto, y el dulce trinar de los pájaros contribuía a la sensación mágica del lugar.
El latido constante del corazón de Orión lo selló todo.
Me atreví a mirarle la cara, mordiendo el ligero vello de su pecho, así como la barba incipiente que enmarcaba su mandíbula, dándole ese aspecto sexy de cavernícola.
Por desgracia, mirarlo me trajo pensamientos que no pude evitar... como si hubiera hecho lo correcto al dejarlo entrar.
O sea, claro que vine aquí con la intención de trabajar en mí misma y descubrir qué quería, pero la presencia de Orión lo complicó todo.
Disfrutar de este hermoso momento no me permi