—Mírate —dice, casi encantado—. Ya no eres tan fuerte, ¿verdad?
Mis rodillas flaquean tanto que casi me desmayo, pero
me obligo a ponerme de pie, forzando mi cuerpo a moverse.
Lucha, tienes que luchar… me digo a mí misma, empujando mi cuerpo para golpearlo, pero fui demasiado lenta.
Me agarra la muñeca con facilidad, retorciéndola hasta que un dolor agudo recorre mi brazo.
Jadeo, con la boca abierta.
Para colmo, el de pelo oscuro se acerca y esta vez no se contiene, desatando su ira y sed de ve