Elara
—¡Gracias! —grité a la criada que me ayudó a dejar una bandeja de refrigerios antes de que se escabullera.
Es el segundo día desde que Orión se fue y me niego a pasar ni un minuto más en esa casa enorme y vacía, mirando la ventana como una novia abandonada.
No es que todo se hubiera calmado un poco; era un poco deprimente darme cuenta de que, aparte de Orión y Rubí, la última incorporación a mi círculo, no tenía a nadie más con quien hablar.
Maya, una de las criadas del palacio que creía