Los nervios estaban a flor de piel en el hospital. El tiempo parecía haberse detenido, y cada minuto que pasaba sin noticias de Helena se volvía una tortura silenciosa. Dos horas. Dos horas de incertidumbre, de miradas perdidas y pasos inquietos por los pasillos.
Sarai se aferraba a las manos de Miriam como si fueran anclas. Maikol no dejaba de mirar el reloj, como si pudiera acelerar el tiempo con la fuerza de su preocupación. Nicolás, en cambio, se mantenía de pie, rígido, con la mandíbula ap