Paula salió de la oficina con el ceño fruncido y los labios apretados. Necesitaba despejarse. Ese hombre no era como los demás.
—Esto va a ser más complicado de lo que esperaba —murmuró, mientras introducía unas monedas en la máquina expendedora.
La lata de café frío cayó con un golpe seco. La tomó, la abrió y dio el primer sorbo, aún pensando en la indiferencia de Haru. Caminó hacia el comedor, distraída, repasando mentalmente su próximo movimiento.
Al cruzar la primera esquina, no vio venir a la otra persona. El choque fue inevitable.
—¡Ay! —exclamó, dando un paso atrás.
La lata resbaló de su mano, cayó al suelo y se volcó, derramando todo su contenido en un charco oscuro y pegajoso.
—¡Lo siento muchísimo! Fue mi culpa —exclamó Nicole, muy apenada—. Tuve que haber sido más cuidadosa al caminar. Eso me pasa por estar pendiente del celular. Perdón.
Paula la analizó y reconoció de inmediato que era la diseñadora de la que todo el mundo hablaba. La piedra en el camino de Ca