En el trabajo, Karen divisó a Nicolás conversando con otro empresario en el pasillo principal. No lo pensó dos veces. Caminó directo hacia ellos, interrumpiendo la charla con una firmeza que no dejaba espacio para cortesías.
—¡Nicolás! Lamento que tenga que pedirte eso justo ahora, pero, ¿puedes cubrirme? —soltó, juntando ambas manos con súplica.
Su tono no admitía objeciones. Porque lo que descubrió el día anterior era dinamita pura.
—Hablaremos después, Marcus —le dijo a su socio, este asi