Cuando Sarai se fue, Helena apenas tuvo tiempo de respirar antes de que sonara la puerta. El corazón le dio un pequeño salto, pues sabía quién era.
Al abrir, lo vio ahí. Nicolás estaba de pie, con un traje formal negro que le quedaba como hecho a medida.
Helena sonrió, sin poder evitarlo. Le dio un beso suave para recibirlo, manchando un poco sus labios del lápiz labial rojo que tenía.
—Qué guapo te ves hoy, Nicolás —insinuó, de forma coqueta—. ¿Desde cuándo te peinas el cabello hacia at