Los dedos de Blade se movieron ligeramente, entrelazándose con los de ella con debilidad.
—Oye, no te sientas mal —susurró, con la voz como un crujido seco—. No es tu culpa. Hice una promesa, ¿recuerdas? Te dije... que no morirías bajo mi guardia. Solo soy un hombre de palabra.
Un violento temblor lo sacudió. Se inclinó sobre el borde de la camilla y tosió una sangre espesa y oscura que salpicó el suelo de baldosas blancas. Sin embargo, cuando volvió a levantar la vista, esa sonrisa conmovedora