—Lo siento mucho, hermano —susurró. No era la disculpa de alguien que había cometido un error; sonaba más bien como una despedida definitiva.
—¿Blade? Blade, ¿estás bien? —le exigí, con el corazón martilleándome contra las costillas.
Hubo un breve silencio al otro lado antes de que respondiera.
—Sí, estoy bien, supongo —soltó una débil bocanada de aire—. Ya no tienes que preocuparte, nuestra Doris está bien. Está aquí conmigo en la clínica de la manada... ya está estable.
El alivio se estrelló