Melissa bajó las escaleras para el desayuno al día siguiente y miró a Gregorio nerviosa, pero forzó una sonrisa.
–Te demoraste. ¿Qué estabas haciendo? ¿Deberíamos cambiar todas tus cosas a mi habitación también?– preguntó Gregorio, levantándose del sillón. Fue al encuentro de la joven y le robó un beso, pero frunció el ceño al notar su expresión.
–¿Qué pasa? Estás pálida y fría. ¿Estás enferma?–
–No, solo es un malestar… ya se me pasará–
–Hum. Si continúa hasta el mediodía, avísame y mandaré al