Gregorio miró a Melissa, sintiéndose como nunca antes se había sentido: acorralado.
No podía negar que todas sus suposiciones eran correctas. Una parte de él aún la veía como la hija de su mejor amigo, la niñita que sostuvo en brazos y que siempre corría hacia él, toda torpe y emocionada por verlo. También tenía miedo de hacer algo mal, de que ella lo malinterpretara y tratara de lastimarse otra vez, y, por último, tenía miedo de no saber cómo lidiar con todos aquellos sentimientos que eran nue