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El arco de piedra del Salón de la Luna se alza sobre Araya Varrow como un mausoleo. El aire frío se cuela por las puertas abiertas, trayendo el aroma de pino y tierra húmeda. Ella permanece en el umbral con un vestido demasiado pesado para su delgada figura, la seda marfil arrastrándose por el suelo como si intentara anclarla en su sitio. La tela se adhiere a sus costillas, al hueco de su cintura, y siente el peso oprimiéndola como un juicio.
Adentro, la manada espera.
Araya los escucha antes de verlos. Los susurros se propagan por el salón, bajos y cortantes, hechos para ser oídos.
"Sin lobo."
"Novia inútil."
"¿Por qué el Alfa siquiera aceptó esto?"
Sus dedos se cierran alrededor del ramo de acónito y flores plateadas, las espinas clavándose en sus palmas. El dolor la estabiliza. Levanta la barbilla y da un paso adelante.
El salón se extiende largo y estrecho, bordeado de bancos de madera repletos de lobos. Sus ojos siguen su movimiento, fríos e implacables. Nadie sonríe. Nadie se levanta para honrarla. Se sientan como jueces, esperando verla fallar.
Araya camina por el pasillo sola.
Su padre, Eldric Varrow, está sentado cerca del frente, con la cabeza inclinada. Su cabello castaño se ha vuelto gris en las sienes, sus hombros caídos bajo el peso de un hombre que dejó de luchar hace años. Junto a él, Marisol Vale permanece rígida en seda y joyas, sus ojos de loba gris pálido agudos y desdeñosos. No mira a Araya. Nunca lo hace.
Serenya Vale, la media hermana de Araya, se inclina hacia adelante desde la segunda fila, su cabello rubio miel cayendo sobre un hombro. Sus ojos verdes brillan con algo frío y satisfecho. Lleva un vestido casi tan fino como el de Araya, como si ella también fuera la novia.
La mirada de Araya se aparta.
Al final del pasillo, bajo el altar de piedra tallado con símbolos de lobo, está Jasper Drevyn.
Alfa de la Manada Drevyn. Alto, de hombros anchos, esculpido en arrogancia y hielo. Sus ojos gris tormenta se fijan en los suyos, y no hay nada en ellos. Ni calidez. Ni reconocimiento. Solo una fría evaluación, como si ella fuera ganado siendo llevado al matadero.
Viste de negro, siempre de negro, su cabello oscuro cortado corto y severo. Su mandíbula es afilada, su postura dominante. No sonríe.
Araya llega al altar y se detiene.
El sacerdote anciano, un viejo lobo con vetas plateadas en la barba, levanta las manos. Su voz resuena por el salón.
"Nos reunimos bajo el Ojo de Araya para presenciar la unión del Alfa Jasper Drevyn y Araya Varrow. La luna lo ve todo. El vínculo es eterno."
Las palabras se sienten vacías.
Las manos de Araya tiemblan. Aprieta el ramo con más fuerza, las espinas cortando más profundo. La sangre se filtra entre sus dedos, cálida y húmeda.
Jasper no mira la sangre. Mira más allá de ella.
El sacerdote continúa. "¿Tú, Jasper Drevyn, Alfa de las Tierras del Corazón, tomas a esta mujer como tu compañera, tu Luna, unida por sangre y luna?"
La voz de Jasper es plana, cortante. "Acepto."
El sacerdote se vuelve hacia Araya. "¿Tú, Araya Varrow, aceptas este vínculo, permanecer junto a tu Alfa, darle herederos, servir a tu manada?"
La garganta de Araya se aprieta. Fuerza las palabras a salir. "Acepto."
El sacerdote asiente. "Entonces que el vínculo sea sellado."
Jasper da un paso adelante. Su mano se cierra alrededor de su muñeca, firme y fría. La acerca, y la manada se inclina, observando.
El ritual requiere un beso. Una reclamación. Un momento de reconocimiento ante la luna.
Jasper baja la cabeza.
Su aliento roza su oreja, cálido contra el frío del salón. Su voz baja a un susurro, destinado solo para ella.
"Este vínculo no significa nada."
El aliento de Araya se detiene. Su corazón se estremece, un golpe agudo y doloroso en su pecho.
Sus labios rozan su mejilla, fríos y breves. No es un beso. Es una burla.
Se retira, soltando su muñeca. Sus ojos gris tormenta se encuentran con los suyos por solo un momento, y no hay nada en ellos más que desdén.
La manada estalla en aplausos corteses, vacíos y huecos.
Araya permanece congelada, la sangre goteando de sus manos sobre el suelo de piedra.
El sacerdote anciano levanta los brazos. "El vínculo está sellado. Que la luna sea testigo."
Pero Araya no siente nada. Ningún hilo de luz plateada. Ninguna calidez en su pecho. Ninguna conexión.
Solo frío.
Jasper se da la vuelta y camina por el pasillo sin ella. La manada se levanta, siguiéndolo hacia el salón del banquete, sus voces elevándose en charla y risa.
Araya permanece en el altar, sola.
Serenya pasa deslizándose, su vestido de seda susurrando contra la piedra. Se detiene, inclinándose lo suficientemente cerca para que Araya huela su perfume, dulce y empalagoso.
"Te ves hermosa", murmura Serenya, su voz goteando seda y veneno. "Como un fantasma."
Sonríe, sus ojos verdes brillando, y se aleja.
Las rodillas de Araya tiemblan. Se aferra al altar para estabilizarse, la piedra fría mordiéndole las palmas.
Millie Myles aparece a su lado, su cabello castaño cálido recogido en una trenza simple, sus ojos avellana suaves con preocupación. Apoya una mano en el hombro de Araya.
"Ven", susurra Millie. "Vamos a limpiarte."
Araya asiente, incapaz de hablar.
Caminan juntas por el salón vacío, sus pasos resonando contra la piedra. El aroma del acónito persiste en el aire, amargo y agudo.
Afuera, la luna se eleva, pálida y distante, observando.







