DAKOTA
Dos días antes:
Deposité la taza de café en el escritorio y acaricié a Deo por la mejilla. Él levantó la mirada hacia mi sonriendo, me besó el dorso de la mano.
—¿Más exámenes?
—No—me acarició el brazo—, ensayos—soltó un suspiro—. A estos chicos no les enseñan nada de reglas ortográficas, me duelen los ojos y el cerebro.
Solté una carcajada, lo abracé por la espalda.
—¿Te he dicho el maravilloso profesor que eres?
—¿Este día?, ninguno.
Lo besé
Vivo con Deo, literalmente, hace una seman