ADAM
Mordisquee sus pezones, me sabían como dos caramelos.
—¡Hay!, Adam, eso dolió—protestó ella, la retuve para que no se moviera tanto.
—Sh, no protestes—susurré.
Dentro del auto, solo podía escuchar sus gimoteos, nuestras respiraciones aceleradas y el sonido tan sucio que provocaba mi lengua en sus dulces pezones.
—Adam…
—¿Hum?
—Tenemos que ver a tu hermano.
Dejé un momento mi tarea y me recosté en el respaldo del asiento. Así como estaba, me daban ganas de tomar su dulce cuello y cogerla ta