Gaia
El despertar de Gaia fue un tránsito lento desde el olvido hacia una realidad que resultaba mucho más aterradora que cualquier pesadilla. Al abrir los ojos, se encontró sumergida en una negrura absoluta; un vacío tan denso que la sensación de asfixia era casi física. El aire en aquel lugar apestaba a moho, a hierro y a la inmundicia que todavía impregnaba su piel. Intentó levantar la vista, pero la oscuridad se negaba a revelar los límites de su prisión. Todo era penumbra, un silencio que pesaba como el plomo sobre sus hombros destrozados.
Trató de incorporarse, apoyando las manos sobre el suelo de piedra gélida y húmeda, pero un grito ahogado murió en su garganta. Su cuerpo no era más que un mapa de agonía. Cada músculo, cada articulación, parecía haber sido triturado. El dolor en su parte íntima era una punzada rítmica, un recordatorio abrasador del ultraje sistemático de los cuarenta demonios; sentía la carne desgarrada y la h