Kara no se movió.
No retrocedió. No miró a los dos hombres detrás de Fausto. No aflojó el agarre del maletín.
Simplemente miró a Fausto con la calma de alguien que había estado en situaciones peores que esa y había salido ilesa de todas ellas.
—¿Cuánto tiempo llevas vigilándolo? —preguntó.
Fausto ladeó ligeramente la cabeza, sorprendido por la pregunta. Había esperado miedo, una negociación o algún tipo de pánico. Ella no le dio ninguna de esas señales.
—El tiempo suficiente —dijo él.
—Siete añ