—Has estado ahí todas las noches durante tres meses —dijo Kara.
Xavier levantó la vista del banco de trabajo.
—Sí —dijo.
Ella estaba de pie en el umbral de la habitación de invitados.
El taller que él había convertido en ella.
Pequeñas herramientas dispuestas sobre un tablero en la pared.
Virutas de madera en el suelo.
El olor a algo que se estaba trabajando.
El olor de las manos de su padre, que nunca había olido realmente, pero que de alguna manera reconocía.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó.