—Era Russo —dijo Martin.
Kara guardó silencio durante tres segundos.
Tres segundos enteros de pie en el pasillo de un centro de cuidados, con el teléfono pegado a la oreja, mientras el nombre se grababa en su mente.
Russo.
Quien la había ayudado en Florencia. Quien le había dado la llave. Quien había sido amiga de su madre durante once años. Quien había estado dentro de la Fundación y, al mismo tiempo, había trabajado en su contra. Quien se había sentado frente a ella y le había dicho que a su