—Dormiste —dijo Xavier—.
No te sorprendas tanto.
Ocho horas. Lo comprobé.
Kara lo miró al otro lado de la mesa de la cocina. —Lo comprobaste.
La luz debajo de tu puerta se apagó a las once y se volvió a encender a las siete. Le puso una taza de café delante. —Eso es comprobarlo.
Tomó el café.
Se lo bebió.
Afuera, la ciudad comenzaba su mañana con la energía particular de un jueves que no se daba cuenta de su importancia. El tráfico se acumulaba. La gente se movía. La maquinaria habitual de un l