CAPÍTULO 6

RENACIENDO...

Zahida aspiró el aire como si hubiese estado sin respirar por mucho tiempo, y luego un fuerte olor a sangre invadió sus fosas nasales como si fuese un golpe.

Su pecho taladró en sus huesos con fuerzas y no supo por qué le ardían sus pulmones ante la agitación. Ella estaba concentrada en esto, cuando sintió que se retorcía en un dolor en su estómago, más exactamente en su pelvis, como si sus caderas se estuvieran abriendo, y luego sus ojos se abrieron al gritar.

—¡Ahhhhhh…! —ella se encorvó y las lágrimas salieron de sus ojos, entretanto parpadeó varias veces, para ver esas imágenes en el techo.

Pero había sentido un dolor inimaginable.

Y no lo podía creer, estaba nuevamente en el palacio de Al—Alam…

—No… —gimió con la boca temblorosa, pero otro golpe de impresión, la traspasó enseguida cuando un médico y muchas personas a su alrededor, desconocidas, la miraron, y una mujer mucho mayor, apretó su mano.

Y ella pudo escuchar el llanto de un bebé.

—¡Increíble…! Pensé que ella no lo había podido resistir… tomé sus signos, fue como si reviviera para pujar por última vez, pensé que la habíamos perdido…

—Ella ha vuelto… mi Rania está aquí… —la mujer mayor repitió y el médico se acercó entregando al bebé a una criada.

—Es un varón… llamen al Emir… límpienlo…

A Zahida le temblaba la boca mientras aquella mujer besó su mano infinidad de veces.

—La misericordia de Alá te trajo a la vida para que nuestro heredero naciera… pensé que te perdía Rania… pensé que estabas muerta… —Aquella mujer mayor lloró un poco, y Zahida no sabía qué estaba pasando.

Su cuerpo estaba empapado en sudor, pero al escuchar el llanto del bebé, la habitación, y todo preparado para un parto, se dio cuenta de que ella era…

¿Quién era?

El médico volvió con un bebé en sus brazos, y lo puso en su pecho.

—Felicidades. Es un varón…

—Llamen al Emir… —alguien dijo, y Zahida solo pudo mirar al pequeño en sus brazos.

Tenía el pecho agitado, incluso sentía las piernas mojadas, y el dolor de alguna forma estaba desapareciendo.

Ella se quedó mirando al pequeño, y no dudó en acariciar su rostro. Era demasiado hermoso.

—Rania… —su rostro se giró de golpe, mientras se preguntó ¿quién era Rania? —. ¿Puedes creerlo?

La mujer hablaba en susurro.

—Has estado tan débil durante tanto tiempo, y cuando te vi cerrar los ojos y perder el conocimiento, pensé que era el fin… —la mujer sonrió de forma extraña y miró al niño—. Seguiremos arrojando nuestro veneno… y seremos las reinas de este palacio, porque eres la madre de…

Las puertas se abrieron enseguida, y a Zahida se le cortó la respiración enseguida.

Porque este era Akim Al amad, el Emir, y el padre de su marido.

El Emir puso los ojos en ella, pero su mirada era algo enojada y Zahida se preguntó qué hacía en este lugar, y si aún seguía en un sueño por causa de caer en el acantilado.

Pero cuando notó que la madre de Samir estaba detrás del rey, ella se tensó de inmediato.

Eran demasiadas casualidades juntas.

—Váyanse todos… —por primera vez Zahida escuchó su voz.

Una voz gruesa, ruda, y algo áspera, que, a pesar de su condición, la hizo estremecer de inmediato.

La mujer a su lado tocó su cabello, y depositó un beso en su frente, hizo una reverencia al Emir, y luego notó como Yassira, la madre de Samir, le dio una mirada larga, como si no creyera lo que estaba viendo. 

Así que Zahida quiso mirarse en un espejo de inmediato ante la desesperación de todo lo que estaba sucediendo.

Todos salieron rápido, a excepción del médico que se le hizo una reverencia al rey.

—Señor, tuvimos las complicaciones con su esposa, ella estaba débil como lo sabía, pero parece que ha sucedido un milagro aquí… la señora Rania… es como si hubiese revivido… Alá la ha salvado, y la ha regresado literalmente de la muerte…

El Emir aún tenía el ceño fruncido, y luego asintió.

—Muéstrame al niño… —Zahida pasó un trago ante su frialdad, aun sin soltar una palabra de su boca, y le dio el bebé al médico, observando como el Emir lo tomaba en sus brazos.

Lentamente, depositó un beso en su frente, y le susurró algo que ella no pudo escuchar, solo hasta la última frase.

—Que Alá te proteja… bienvenido al mundo, y a mi reino, hijo… —permaneció unos minutos en silencio con el niño, y luego el bebé comenzó a dar unos gemidos—. Llévalo a la criada para que lo alimente…

Zahida se aceleró un poco, y negó, incluso abrió su boca por primera vez.

—Yo puedo hacerlo… —fueron sus primeras palabras sin saber si esto traspasaba a la realidad o no, pero que el médico, como que el Emir la miraran extrañados, la hicieron sentir aún más perdida—. Yo quisiera…

Entonces el médico miró al rey.

—Sería lo mejor… las criadas pueden ayudarla con la formulación, pero si la señora Rania lo quiere…

El Emir pareció incomodarse con ella, era como si estuviese extrañado de sus palabras y conducta, y Zahida quiso arrancarse el pelo sin saber qué hacer o decir.

—Ordena que las criadas estén a su alrededor, quiero que mi hijo sea bien atendido… —El Emir le entregó el bebé al médico, y luego miró a Zahida—. Que Alá te bendiga por este esfuerzo…

Y así mismo, con esos ojos fríos y carentes de algún afecto, se fue de la habitación.

Zahida soltó el aliento y luego miró sus ropas.

—No se preocupe, llamaré a las criadas y la atenderán… ¿Realmente quiere amamantar al bebé? —el médico insistió.

Zahida asintió sin saber cuál era el dilema, tomó al bebé, y lo puso en su pecho, mientras una cantidad de criadas entraban y el doctor salía dejando unas órdenes específicas.

Zahida arrugó un poco su rostro al poner al bebé en su pecho, pero cuando levantó la mirada, todas y cada una de las criadas, la miraba con impresión.

—¿Qué pasa? —ella preguntó suavemente, y no supo por qué todas brincaron como si le temieran.

—Limpiaremos todo de inmediato, mi señora… no… no se preocupe… 

Las mujeres no la miraron más, y Zahida se preguntó qué tanto las espantaba, y no pudo aguantarlo por más tiempo.

—¿Pueden pasarme un espejo de mano, por favor…? —una de las mujeres abrió los ojos con impresión, y al siguiente segundo todas se miraron consternadas entre ellas.

Sin embargo, una se movió rápidamente, tomó un espejo, y no se acercó mucho para dárselo, apenas se lo colocó en la mano y se alejó como si huyera.

Zahida tenía el pulso acelerado, y aunque apretó al bebé contra ella, estaba viendo la sangre en las sábanas, criadas que no eran suyas, y al padre de su marido como evidencia, ella necesitaba ver quién era a través del espejo.

Sin embargo, cuando lo giró de forma lenta, ella no estaba allí… 

Delante del espejo estaba aquella hermosa mujer, a la que el Emir, el rey de Omán, había elegido esa noche…

Zahida dejó caer el espejo que se partió en muchos pedazos, y luego trató de aspirar el aire mientras miró al techo. 

“La señora Rania… es como si hubiese revivido… Alá la ha salvado, y la ha regresado literalmente de la muerte”

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