Mundo ficciónIniciar sesiónLa sala de urgencias del Hospital Auckland olía a desinfectante y miedo. Danna Arnes permanecía inmóvil en una silla de plástico naranja, mirando sus manos manchadas de sangre seca. No era su sangre. Era de Igor, quien en ese momento luchaba por su vida en un quirófano tres pisos más arriba.
Cincuenta-cincuenta, había dicho el doctor. Un hombre de unos sesenta años con acento australiano y ojeras profundas. La bala rozó la







