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La casa estaba en silencio. Ese silencio denso y artificial que precede a las tormentas, cuando incluso el aire parece contener la respiración. Danna Arnes—porque en su mente había dejado de ser Emma Harrison hacía días—subió las escaleras hacia la habitación del bebé con pasos que apenas producían sonido contra la madera.

Eran las dos de la madrugada. En una hora, Igor daría la orden de partir.

La puerta

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