Hicieron lo que les correspondía hacer como padrinos, y se colocaron a un lado, ella mirando sus pies como si fueran la cosa más interesante del mundo y él con la vista fija en la capilla.
Finalizo el bautizo y cuando estaban todos alejándose a las barras de comida adentro, ella esperó pacientemente a que se fueran todos, murmurando que iría en un segundo. No pudo ignorar las sonrisas de complicidad que le daban sus amigas.
Cuando se quedaron solos, volteó lentamente, cara a cara con su Lobito de una noche.
—Hola —saludó educadamente
De día era increíblemente apuesto, incluso en una situación bochornosa como esa no pudo evitar apreciar su misteriosa belleza. Parecía salido de una revista, era el típico hombre por el que mujeres enfiladas suspirarían al verlo pasar y fingirían desmayarse.
«Porque no pudo ser feo», se quejó mentalmente.
—Así que estás aquí, ¿Cuál es tu nombre? —inquirió él, ladeando la cabeza.
Lisa dudó unos segundos, pero supo que no tenía remedio.
—Me llamo El… Lisa.