Viajar en el Jet privado de Max, definitivamente tenía que ser la cosa que más le estaba gustando de ser oficialmente la señora Vasilakis. Claro que no pensaba decírselo a él, probablemente heriría su ego al ella pensar que eso era lo mejor y no el estar casada con Max. Aunque si establecían prioridades, en definitiva ser su esposa se ganaba el premio a «Ventajas de ser la señora Vasilakis». Como no tenía nada que hacer en ese largo viaje, además de escuchar música, leer libros y ver películas (pero ya hacía las dos primeras), lo más que podía ponerse a hacer, era pensar. Pensar en su esposo.
Era la señora Lisa Vasilakis.
¡Ni ella misma se lo creía! Tenía ganas de hacerse un pellizco o algo, pero no planeaba herirse así misma para poder creérselo: con tan solo mirar unos asientos más allá de ella, veía a su exquisito marido ojear unos papeles de trabajo, con la camisa arremangada y la corbata aflojada, encima un mechón de su cabello le caía en la frente, ocultando sus bellísimos ojos