47. Comer antes de la boda
El amanecer se filtraba por los ventanales de la mansión Accardi como un recordatorio cruel de que los secretos nunca dormían.
El mayordomo cruzó el vestíbulo con paso urgente, sosteniendo varios periódicos bajo el brazo. Los dejó sobre la mesa del comedor principal, justo frente a Eleonore Accardi, quien tomaba su desayuno con la calma habitual de una emperatriz.
—Señora… —dijo el hombre, con voz vacilante—, los titulares de esta mañana.
Eleonore levantó apenas la mirada, su porte tan impec