46. Prueba de ADN
El sonido de los tacones de Marcella resonaba en el mármol frío del vestíbulo de la mansión Dubois.
Su rostro estaba pálido, casi traslúcido, y sus labios apenas conservaban el color. Aun así, sostenía la barbilla en alto. La familia Dubois no mostraba debilidad, y mucho menos ante su patriarca.
Una mucama abrió las puertas del invernadero, donde su padre, Armand Dubois, la esperaba. Sentado en una mesa de hierro forjado, observaba los rosales que crecían perfectos, como todo lo que él controlaba. Su esposa, Geneviève, tomaba el té a su lado, impecable, distante, con esa expresión helada que convertía cualquier gesto de afecto en un juicio.
—Llegas tarde —fue lo primero que dijo Armand, sin levantar la vista.
Marcella se detuvo frente a ellos, obligándose a sonreír.
—Tuve una cita médica —respondió con voz tenue.
Geneviève bajó la taza y la miró con severidad.
—Tienes cuatro meses de embarazo, Marcella. No deberías permitirte excusas. Eres una Dubois, no una madre común.