35. Caíste en la trampa
En la casa privada de Vladimir —ese lugar que nadie fuera de su círculo más íntimo conocía— el ambiente estaba cargado de una tensión que mantenía a todos alertas.
Ahí, en la sala de operaciones escondida bajo los cimientos, Máximo Volkov estaba amarrado a una silla metálica. Tenía la cabeza ladeada, una ceja rota y una sonrisa burlona que parecía insultar a cualquiera que lo mirara.
Vladimir entró sin escoltas, sin anunciarse, sin miedo. Sus ojos, sin embargo, estaban fríos. Una mezcla peligr