35. Caíste en la trampa

En la casa privada de Vladimir —ese lugar que nadie fuera de su círculo más íntimo conocía— el ambiente estaba cargado de una tensión que mantenía a todos alertas.

Ahí, en la sala de operaciones escondida bajo los cimientos, Máximo Volkov estaba amarrado a una silla metálica. Tenía la cabeza ladeada, una ceja rota y una sonrisa burlona que parecía insultar a cualquiera que lo mirara.

Vladimir entró sin escoltas, sin anunciarse, sin miedo. Sus ojos, sin embargo, estaban fríos. Una mezcla peligrosa de rabia y control.

—Levántale la cabeza —ordenó.

Uno de sus hombres obedeció. Máximo escupió sangre al suelo y alzó la vista como si lo hubieran despertado de una siesta.

—¿Vienes a matarme tú mismo? Qué considerado —se burló.

Vladimir no reaccionó. Se acercó, tomó la barbilla de su primo con firmeza y habló lento, el tipo de lentitud que uno usaría con un niño de cinco años.

—Te metiste con mi familia.

Máximo soltó una carcajada ronca.

—¿Tu familia? Te sorprendería saber quién sí se
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