34. Cruel, desalmado... y mío
El hospital tenía ese olor penetrante a desinfectante que quemaba la garganta y dejaba un sabor metálico en la lengua. Alessia llevaba horas caminando de un lado a otro del pasillo, incapaz de quedarse quieta, incapaz de dejar de mirar la puerta donde Giovanni descansaba conectado a máquinas.
Skyler seguía dentro, sentada al lado de su hermano. Ella no se había movido desde que terminó de donar sangre, cosa que le sorprendió. Su hermano fue un cabrón con ella.
Alessia agradeció que fuera Sky y no ella; esa mujer, aunque ya no fuera parte de la familia, siempre había tenido una fortaleza que a veces rozaba lo inhumano.
Vladimir la observaba desde el rincón opuesto del pasillo. Sus brazos cruzados, la espalda recta, la expresión endurecida. No se había ido ni un segundo desde que llegó. No había contestado llamadas, ni se había ido para atender a sus socios, ni dado órdenes más que a sus hombres.
Estaba en guerra. Y todo su cuerpo lo gritaba.
Finalmente, Sky salió de la habitación.