25. Ese bebé es mío
El silencio dentro de aquella casa privada era tan denso que Alessia sintió que podía ahogarse con él. Vladimir no había vuelto a acercarse desde que hizo la última pregunta. Estaba de pie junto a la ventana, de espaldas, bebiendo vino como si necesitara paciencia para no destruirlo todo.
Ella sabía que ya no tenía escapatoria.
Tarde o temprano tendría que hablar.
—Vladimir… —susurró, limpiándose las lágrimas con la manga del vestido—. Por favor, escúchame…
—Estoy escuchando, Alessia. —Ni s