26. Una intrusa en la mesa
Alessia se limpió las lágrimas con la mano temblorosa, incapaz de sostener la mirada de su marido. Lo que acababa de decirle no era suficiente para aliviar su miedo. No sabía si lo había convencido, si realmente estaba a salvo o si simplemente estaba prolongando lo inevitable.
Vladimir dejó su copa sobre la barra y caminó hacia ella con pasos lentos, medidos. Sus ojos ya no estaban llenos de esa furia fría de antes… pero tampoco parecían benignos. Era un hombre calculando. Un hombre evaluando.
Un hombre peligroso.
—¿Terminaste de llorar? —preguntó él con calma.
Ella asintió, aunque no era verdad.
Él tomó aire lentamente y entonces, sin previo aviso, la sujetó de la cintura y la acercó a él para observarla mejor, como si buscara mentiras en sus pupilas.
—Quiero que entiendas algo, Alessia. No soy estúpido. Sé exactamente cuándo me mientes. Por eso siempre te digo que me digas la verdad, porque yo la sabré. ¿Entiendes lo que digo?
Ella bajó la mirada.
—No estoy mintiendo… Te juro que n