26. Una intrusa en la mesa
Alessia se limpió las lágrimas con la mano temblorosa, incapaz de sostener la mirada de su marido. Lo que acababa de decirle no era suficiente para aliviar su miedo. No sabía si lo había convencido, si realmente estaba a salvo o si simplemente estaba prolongando lo inevitable.
Vladimir dejó su copa sobre la barra y caminó hacia ella con pasos lentos, medidos. Sus ojos ya no estaban llenos de esa furia fría de antes… pero tampoco parecían benignos. Era un hombre calculando. Un hombre evaluando.