24. No eres mi prisionera

El mundo se le vino encima apenas escuchó la orden.

—Llévenla. —La voz de Vladimir no subió de volumen, pero fue suficiente para que cuatro guardias se movieran como sombras.

—¡Espera… espera, por favor! —Alessia intentó retroceder, pero el guardia más cercano la tomó del brazo. Ella forcejeó, perdida en el pánico—. ¡Suéltame! ¡Déjenme ir!

No sirvió de nada.

La levantaron del suelo como si fuera liviana, ignorando sus gritos, e ignorando también las miradas horrorizadas de las mujeres que estaban en la sala de espera de la clínica. La subieron a la camioneta blindada y las puertas se cerraron de golpe, dejando atrás su intento de escapar de su propia vida.

El trayecto fue silencioso. Ninguno habló. Alessia apenas podía respirar. Sabía que no iban camino a la mansión Volkov… no reconocía la ruta.

Cuando por fin se detuvieron, vio una construcción moderna, aislada entre pinos y rodeada por una reja electrificada. No era una casa. No era una oficina. Era su territorio privado. Su d
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