24. No eres mi prisionera
El mundo se le vino encima apenas escuchó la orden.
—Llévenla. —La voz de Vladimir no subió de volumen, pero fue suficiente para que cuatro guardias se movieran como sombras.
—¡Espera… espera, por favor! —Alessia intentó retroceder, pero el guardia más cercano la tomó del brazo. Ella forcejeó, perdida en el pánico—. ¡Suéltame! ¡Déjenme ir!
No sirvió de nada.
La levantaron del suelo como si fuera liviana, ignorando sus gritos, e ignorando también las miradas horrorizadas de las mujeres que e