10. Guerra tendrás
Alessia abrió los ojos sintiendo el aroma salado del mar y la brisa cálida que se colaba por el ventanal. Por primera vez desde la boda, su cuerpo descansó sin pesadillas, sin sobresaltos. Solo la sensación, aún presente, de Vladimir durmiendo a su lado.
Cuando él despertó, deslizó el brazo por su cintura y le dio un beso en el cuello.
—Hoy no hay reuniones, esposa —murmuró contra su piel—. Hoy es solo para nosotros.
Ella se sonrojó.
Le gustaba cuando la llamaba así.
Desayunaron en la terraza: fruta fresca, pan dulce y café. La vista del océano era tan perfecta que parecía una pintura. Parecía que ese día, por fin, iba a ser perfecto.
Vladimir la llevó a caminar por la playa privada que rodeaba la propiedad. El agua tibia se estrellaba contra sus tobillos y él, sin pensarlo dos veces, tomó su mano entrelazada con la suya mientras avanzaban por la orilla.
—¿Te gusta aquí? —preguntó él.
—Mucho —respondió ella, mirando el horizonte.
—Entonces haremos de este lugar uno de nuestros refugi