Alessandro frunció el ceño al sentir cómo la joven se aferraba desesperadamente a su cuerpo.
—Bájate —ordenó con voz fría.
—No lo haré —respondió ella con terquedad, hundiendo el rostro contra su pecho—. No hasta que te deshagas de esa bestia.
Él suspiró con impaciencia, pero no la apartó de inmediato. Con un gesto de la mano, ordenó al tigre que regresara a la habitación. El animal soltó un gruñido satisfecho y obedeció, desapareciendo por la puerta entreabierta.
Solo entonces Alessandr