Ariella
Asher se levantó del taburete despacio, como un hombre que sopesaba la violencia en sus huesos. Luego me señaló con un dedo.
No para golpearme. Pero el gesto cortó como una advertencia, como una bofetada por derecho propio.
—Tenía razón —dijo con frialdad—. Algo pasó entre tú y un vecino... Lo besaste.
Su voz era tranquila, de esa manera peligrosa que siempre precede a la tormenta.
—¿Qué vecino fue? Quiero saberlo.
Comenzó a apuntar vagamente hacia nuestra izquierda.
—No pudo habe