Cuatro días.
Habían pasado cuatro largos y dolorosos días desde aquel sueño.
Cuatro mañanas despertando antes del amanecer, caminando de vuelta al frío campo de entrenamiento, de pie en el mismo lugar donde Kaelen me observaba con esos ojos penetrantes y críticos.
Y aún así… nada.
Ni rastro del lobo.
Ni rastro de la transformación completa.
Ni un atisbo.
Mi cuerpo estaba exhausto. Me dolían los músculos constantemente, tenía las manos ásperas y doloridas, y la paciencia se me había agotado. Cad