—¡Fue mamá! —chilló Charlotte con la voz quebrada—. ¡Sabe que somos alérgicos y nos lo dio a propósito!
Benjamin asintió con firmeza, respaldándola.
—¡Es muy mala!
Elena se aferró al marco de la puerta con tanta fuerza que se le pusieron blancos los nudillos.
—Benjamin, Charlotte, ¿saben lo que están diciendo? ¡Digan la verdad ya!
—¡Ya es suficiente! —Lucas se puso de pie de un salto y le apretó la muñeca con tal brutalidad que casi le fractura los huesos—. ¿Así se comporta una madre? ¡¿No te basta con hacerles daño, que además los obligas a mentir por ti?!
—No estoy… —A Elena le tembló la voz contra su voluntad.
—¿Me vas a decir que te están culpando a propósito? —se burló él—. Son niños. ¿De verdad crees que mentirían sobre algo así? ¿Cómo te atreves a llamarte madre?
De repente, los pequeños se echaron a llorar. Lucas soltó de inmediato a Elena y se giró para consolarlos, pero ellos lloraron aún más fuerte, con los rostros enrojecidos.
—Papá —sollozó Charlotte—… Nos sentimos muy mal…
—¿Qué necesitan para sentirse mejor? —preguntó Lucas con voz suave mientras le limpiaba las lágrimas.
Benjamin fijó sus ojos enrojecidos en Elena.
—Ella también es alérgica. Haz que se tome el jugo de mango. ¡Que ella también se sienta mal!
Elena sintió que el corazón se le detenía. Al mirar a Lucas, la gélida expresión de sus ojos le provocó un escalofrío.
—Está bien —dijo. Se enderezó y chasqueó los dedos. Dos guardaespaldas entraron en la habitación—. Sujétenla.
Antes de que Elena pudiera reaccionar, la sentaron a la fuerza en una silla. Uno de los escoltas le sujetó la mandíbula y le abrió la boca. Le vertieron el jugo de mango en la boca y la obligaron a tragarlo. Elena se atragantó de inmediato y comenzó a toser violentamente. Comenzó a toser violentamente, con la garganta ardiendo como si le hubieran prendido fuego. Al instante, varias ronchas rojas se extendieron por su piel. Se le comenzó a hinchar el rostro y le costaba respirar. Se clavó las uñas en el cuello con desesperación, al mismo tiempo que la vista se le nublaba. Lucas se limitó a observarla con absoluta indiferencia y sin la menor intención de ordenarles a sus hombres que se detuvieran.
Los niños habían dejado de llorar y aplaudían emocionados.
—¡Se lo merece! ¡Que sufra ella también!
Antes de perder el conocimiento, lo último que Elena vio fue la gélida mirada de Lucas.
***
Cuando por fin despertó en una cama de hospital, no sabía cuánto tiempo había estado inconsciente. La garganta todavía le ardía y en su piel aún le quedaba un leve rastro de la erupción. Oyó una voz familiar que provenía del pasillo, al otro lado de la puerta. Era Sabrina.
—Lucas, de verdad no sabía que eran alérgicos. Solo quería prepararles jugo…
—No es tu culpa —respondió él con ternura—. No lo sabías.
—Si te lo hubiera explicado antes, no habrías pensado mal de Elena —replicó Sabrina con un deje de impotencia—. Benny, Lottie, todo fue un error mío. No debieron culpar a su madre para protegerme.
Las voces llenas de culpa de los niños atravesaron la puerta.
—Lo sentimos —dijo Charlotte entre sollozos—. Es que… no nos gusta mamá…
—Sí —agregó Benjamin—. Siempre nos está diciendo qué no podemos comer y a qué hora acostarnos. Solo queríamos que se fuera…
Elena apretó las sábanas hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Esos eran los hijos que había llevado en el vientre y dado a luz con tanto sufrimiento. Recordó el día en que nació Benjamin: Lucas no había estado a su lado en la sala de partos. Una enfermera le informó que él se encontraba en una reunión importante y no podía asistir, por lo que Elena tuvo que soportar el dolor sin su compañía. Cuando nació Charlotte, la situación había sido peor. Se había tratado de un parto complicado en el que Elena sufrió una hemorragia masiva; los médicos llegaron a emitir un aviso de estado crítico. Sin embargo, Lucas estaba en otro país, ocupándose de un acuerdo de adquisición internacional.
Ahora…, los hijos que tanto le costó traer al mundo se habían convertido en las personas que más daño le hacían.