Keith se había detenido justo en el umbral, su figura elegante y oscura convertida en un punto focal de tensión que succionaba el oxígeno de la estancia. Las súplicas y los ruegos silenciosos de Grace y Caroline colgaban en el aire como hilos invisibles que, sin embargo, tiraban con una fuerza asfixiante de Duncan. Grace lo miraba con una expresión de horror social que era casi histérica, temiendo el escándalo de la discordia familiar; Caroline, con una fascinación ardiente, sus ojos fijos en l