Elara regresó al comedor con pasos medidos, la gabardina aún húmeda por la brisa del jardín. Había intentado calmarse entre los árboles, pero la paz era una ilusión frágil. Al cruzar el umbral, lo vio.
Keith.
Sentado con la espalda recta, el traje negro impecable, los dedos apenas rozando la taza de café. Su mirada la encontró de inmediato, como si hubiera estado esperándola. No sonrió. No hizo ningún gesto. Solo la miró y eso bastó.
Elara sintió cómo su estómago se contraía. La presión de e