El reloj había dado las once y media. Elara y Duncan caminaban juntos por el vasto pasillo que conducía a la gran escalera principal. Ella sentía el calor de su brazo rozando el suyo, un gesto amable después de las horas que habían pasado en la biblioteca.
—Fue una noche perfecta, Elara —susurró Duncan, inclinándose para besarle la sien, inhalando el olor a chimenea y perfume que se adhería a su cabello—. Me hacía falta este respiro. Estar lejos de... todo.
—Lo sé —respondió ella, y su sonrisa